Brasil ya no brilla: solo queda la camiseta amarilla y un puñado de garra

La batucada no tiene eco en la cancha. A pesar de la goleada ante Haití en el Mundial 2026, un resultado que era casi un gol cantado dadas las diferencias entre ambas selecciones, Brasil ya no es el temible Scratch de antaño. No es ese equipo que vibraba y jugaba al ritmo de samba, ni aquella verdeamarela que hacía que los rivales entraran mentalmente a la cancha con el marcador en contra antes de que rodara el balón.

La Seleção que enamoraba al mundo con su fútbol alegre y desbordante se ha convertido en un equipo gris, previsible y sin chispa. Más allá de los chispazos aislados de Vinícius Jr., Brasil es apenas un recuerdo de lo que fue. Lo que antes era sinónimo de magia, improvisación y talento puro hoy se parece más a un equipo europeo de mitad de tabla: físico, táctico y disciplinado, pero sin alma.

Los brasileños se transformaron en luchadores grecorromanos que corren, pelean y sudan la camiseta, pero que rara vez sacan una sonrisa al espectador. Les falta gracia, picardía y esa picante malicia que hacía que los rivales se cayeran de espalda con un caño o un sombrero.

¿Dónde quedaron los grandes?
¿Dónde están aquellos jugadores que uno admiraba de niño y que te hacían soñar despierto? Los Pelé, los Garrincha, los Ronaldo Nazário, los Ronaldinho Gaúcho. Aquellos cracks que resolvían partidos con una genialidad, un gesto técnico imposible o simplemente con una sonrisa mientras bailaban sobre el césped. Faltan los Zicos, los Sócrates, los Rivaldos, los que llevaban la 10 como si fuera una varita mágica.

Hoy el equipo depende del esfuerzo colectivo, de la presión alta y de las transiciones rápidas. Funciona, a veces gana —como ante Haití—, pero no enamora. Vinícius, con su velocidad endiablada y sus regates eléctricos, es la excepción que confirma la regla. Cada tanto nos recuerda que todavía corre sangre samba por alguna vena, pero es un oasis en medio de un desierto.

La “era dorada” del fútbol brasileño parece cada vez más lejana. Aquel Brasil que jugaba con alegría, que inventaba en cada partido y que convertía los estadios en carnavales con pelota de por medio se fue diluyendo. Quedó la camiseta, el escudo y una hinchada que todavía sueña con que algún día aparezca un nuevo mago que devuelva la sonrisa al fútbol.

Mientras tanto, seguimos esperando. Porque Brasil sin magia no es Brasil. Es solo otro equipo más.

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