El Crepúsculo de los dioses

Escribe: Alberto Orellana Aragón

El Crepúsculo de los dioses. Messi corre la cancha con el balón y, por donde pasa, la hierba renuncia a volver a crecer. Cristiano Ronaldo crucifica arqueros y evangeliza sus últimas conquistas. Mbappé, como Kraken, pisa el campo y los rivales se escapan por el túnel. Vinicius, como Dionisio, reparte el vino que embriaga a las tribunas.

Haaland y Harry Kane han venido de zafari. ¡Agárrense! Los dioses del fútbol han descendido una vez más a la tierra para celebrar su último banquete mundialista, sabiendo que los atardeceres más deslumbrantes suelen ser el anuncio de un nuevo amanecer: Lamine Yamal.

Cronos, el dios del tiempo

Lionel Messi corre la cancha con la pelota y el balón ya no vuelve a tocar el césped. Flota. Se desliza como una hoja llevada por el viento entre piernas que llegan siempre un segundo tarde. Ya no necesita correr más que nadie; ahora corre más que el tiempo. Cada gambeta, una lección de geografía para defensores que terminan perdidos en un mapa sin norte. Es el eterno padre de todos los dioses.

Los kilates de Kylian 

Los defensores ya no persiguen un delantero: huyen de una estampida. El francés Mbappé acelera como si hubiera firmado un pacto con la velocidad. Cada carrera es un asalto al espacio, una rebelión contra la física. No necesita abrir caminos; los incendia. Cuando recibe de frente, los rivales buscan el túnel con la misma desesperación con la que un pueblo abandona la ciudad antes de que llegue el huracán.

Erling, el dios vikingo

Cada salto suyo parece una invasión vikinga; cada remate, el golpe de un martillo mitológico. Los centrales descubren demasiado tarde que marcarlo no consiste en quitarle la pelota, sino en sobrevivir a su embestida. Allí donde otros delanteros encuentran un hueco, él derriba el muro entero. Noruega no ruega sus goles, Haaland rema, remata y reina.

El dios Cristiano

El “Bicho” juega como quien se niega a entregar la espada después de la última batalla. Cada gol suyo es un evangelio sobre la fe en uno mismo. Mientras las piernas le recuerdan la edad, el alma le recuerda la gloria. Salta como si el cielo aún estuviera a su alcance y celebra como si el tiempo jamás hubiera sido inventado. Es la última llegada del Salvador de Portugal.

Vini es Dionisio

Vinícius Júnior convierte la banda izquierda en una pista de samba. El balón parece bailar antes que rodar. Sus regates son carcajadas lanzadas contra el orden. Donde otros improvisan, él crea. Donde los defensores imaginan una salida, él inventa una pregunta nueva. Brasil siempre necesitó artistas, y Vinícius juega como si llevara en los botines un pedazo del carnaval de Río.

Harry, el sucio

Harry Kane ordena el caos con un toque de gol, cambia el destino de una jugada con un giro del cuerpo y conquista la gloria del reino inglés con un solo disparo. Juega como si conociera el desenlace antes que el resto de los protagonistas. El estadio es el gran teatro donde Shakespeare pone el drama, Harry la comedia del gol para el final feliz.

El hijo de dios

Lamine Yamal representa la insolencia de la juventud. Tiene la edad en la que muchos apenas aprenden a conducir un automóvil y él conduce selecciones y equipos. Desborda con la alegría de quien todavía no conoce el miedo. Cada regate suyo parece una travesura contra la historia, como si quisiera demostrar que el futuro no pide permiso para entrar al salón donde conversan las leyendas. España es él.

 

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