Escribe: Alberto Orellana Aragón
Hay libros que se leen. Otros, en cambio, se degustan. Dicen que hay países que se explican en una bandera. El Perú, en cambio, necesita una mesa. No hizo falta que nadie lo dijera durante la presentación del nuevo libro del historiador Ítalo Sifuentes en la Feria Internacional del Libro FIL 2026. Bastó observar al público. Unos llegaron atraídos por la historia, otros por el fútbol; todos, con hambre y sed de conocer un poco más al país. Fueron, sin saberlo, a descubrir que el Perú también puede contarse desde aquello que mejor sabe hacer: comer, brindar y jugar.
El autor presentó una investigación que viaja por tres de los símbolos más profundos de nuestra identidad: el ceviche, el pisco y el juego. Tres palabras que parecen pertenecer a mundos distintos, pero que, vistas con detenimiento, cuentan la misma historia. En sus páginas desfilan documentos, testimonios y fuentes nacionales y extranjeras que ayudan a comprender cómo estas expresiones culturales terminaron convirtiéndose en parte del ADN peruano.
La conversación encontró dos cómplices ideales. Germán Leguía, uno de los futbolistas más elegantes que ha vestido la camiseta peruana, recordó que el balón nunca ha sido únicamente un deporte. Ha sido un idioma capaz de unir generaciones, barrios y familias enteras. A su lado, Jorge «Chupo» Arriola aportó esa memoria popular que no suele aparecer en los archivos, pero que vive intacta en las tribunas, en las pichangas de barrio y en las conversaciones interminables donde el Perú siempre encuentra un motivo para volver a sonreír.
Ítalo Sifuentes habló con la serenidad de quien ha dedicado años a buscar respuestas entre bibliotecas y documentos. Explicó que su investigación pretendía descubrir por qué un plato, una bebida y un juego despiertan un sentimiento tan profundo en millones de peruanos. La respuesta no apareció en una sola página, sino en el recorrido completo de la obra: porque los tres representan encuentros. El ceviche reúne familias, el pisco acompaña las celebraciones y el fútbol consigue lo que pocas cosas logran: hacer que un país entero sienta al mismo tiempo.
Mientras avanzaba la conversación, la presentación dejó de parecer un acto editorial para convertirse en una reunión de amigos que compartían recuerdos. Las anécdotas de Leguía despertaban sonrisas; las intervenciones del «Chupo» Arriola arrancaban asentimientos cómplices; y Sifuentes hilvanaba cada historia con el rigor del historiador que entiende que los documentos también pueden emocionar cuando hablan de la vida cotidiana de un pueblo.

Quizá ese sea el mayor triunfo del libro. Demostrar que la historia no siempre se escribe desde los grandes acontecimientos. También nace en una cebichería de barrio, en una bodega donde se brinda con pisco o en una cancha de tierra donde un niño persigue una pelota convencida de que algún día vestirá la camiseta de la selección. Allí también se construye la memoria de un país. Y todo en el mes patrio.
Cuando terminó la presentación, los aplausos no parecían despedir únicamente un libro. Saludaban una idea. Que la peruanidad no vive encerrada en los museos ni en los discursos oficiales. Camina todos los días entre nosotros con aroma a limón, perfume a uva y el sonido inconfundible de un balón rodando sobre el cemento. Y mientras existan historias capaces de reunir esos tres universos, siempre habrá una nueva manera de volver a descubrir el Perú.
