La época dorada del vóley es hoy un recuerdo. Vestir la casaquilla bicolor alguna vez fue un honor que imponía respeto. En Río de Janeiro, la realidad golpeó con fuerza: Perú terminó en el penúltimo lugar del Sudamericano de vóley y quedó fuera del Mundial 2027 y de los Juegos Olímpicos Los Ángeles 2028.
Hubo un tiempo en que el vóley peruano no viajaba a un campeonato para participar. Viajaba para pelear por una medalla. Para hacer que las potencias miraran al otro de la red con respeto.
Aquella generación que hizo historia en Seúl 88 convirtió una camiseta en símbolo de orgullo. Cecilia Tait, Gaby Pérez del Solar, Denisse Fajardo, Natalia Málaga y sus compañeras regresaron con una medalla de plata. Han pasado 38 años y aquella hazaña deportiva, parece, cada vez más lejana.
El Sudamericano de Río de Janeiro terminó de desnudar una realidad. Perú acabó quinto, solo superó a Chile y quedó detrás de Brasil, Argentina, Venezuela y Colombia.
El golpe no está solo en la tabla. Está en lo que representa. La selección peruana de vóley perdió una oportunidad para volver a un mundial después de 16 años. El último fue en Japón en el 2010. Tampoco consiguió el boleto olímpico, esquivó desde Sidney 2010.
Pero sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre las jugadoras que viajaron a Brasil.
Esta selección llegó debilitada antes de comenzar. Ángela Leyva y Maguilaura Frías no aceptaron la convocatoria. Flavia Montes argumentó problemas físicos. Mientras que Esmeralda Sánchez declinó participar por motivos personales y por diferencias con unas declaraciones del técnico Antonio Rizola. Ysabela Sánchez también estuvo ausente por razones de rehabilitación y de descanso.
A ello se sumaron las lesiones. La central Diana de la Peña fue desconvocada después de sufrir una lesión. Lo mismo ocurrió con Gina López. Demasiadas ausencias para una selección que necesitaba experiencia, continuidad y tiempo de trabajo
Frente a este panorama, hubo quienes dijeron sí. Brenda Lobatón, Aixa Vigil, Coraima Gómez, Yadhira Anchante, Kiara Montes, Miriam Patiño, Sandra Ostos, Lucía Magallanes, Daniela Muñoz, Claudia Palza, Rachel Hidalgo, Saskya Silvano, Alondra Alarcón y Andrea Villegas aceptaron el desafío.
Fueron las jugadoras que estuvieron cuando la cancha era incómoda, cuando las críticas eran feroces y cuando la camiseta pesaba más que nunca. Ellas dieron la cara cuando la selección necesitaba compromiso.
El problema del vóley peruano va más allá de un resultado. No se originó en el último sudamericano, ni comenzó con Rizola. Es consecuencia de procesos que no siempre tuvieron continuidad, de una generación que no encontró reemplazos y de una estructura de gestión que requiere ser revisada.
La nostalgia no gana partidos. No se puede pretender que la camiseta de Perú gane por el peso de su historia. Se necesita formación, competencia internacional, trabajo físico, planificación, talentos y, sobre todo, una política deportiva que transcienda a los cambios de dirigentes y entrenadores.
La medalla de Seúl 88 no puede convertirse en una carga para las nuevas generaciones. Debe ser un referente, no una comparación. El pasado merece respeto, pero el futuro exige trabajo.
Ahora corresponde mirar hacia adelante. El desafío es lograr que algún día una nueva generación de peruanas vuelva hacer historia. Y para que ocurra, el primer paso es aceptar que hoy estamos lejos de aquella cima.
