El Barça vivió una noche de Champions que fue de la angustia al alivio, del ruido a la certeza. La última jornada exigía ganar y el contexto no tardó en volverse incómodo: un error de Koundé en salida dejó al equipo danés en ventaja demasiado pronto y obligó al Camp Nou a remar contracorriente desde el inicio.
La primera parte fue un monólogo estéril. El Barcelona acumuló posesión, disparos y llegadas, pero chocó una y otra vez contra Kotarski y contra su propia ansiedad. Lewandowski perdonó la más clara, Eric rozó el gol con un disparo al larguero y Lamine fue el único capaz de alterar el ritmo, aunque sin precisión final. El Copenhague, con poco, sostuvo su plan: orden, transiciones rápidas y máxima eficacia.
Todo cambió tras el descanso. El Barça salió con una marcha más, vertical y decidido, y encontró rápido el empate. Dani Olmo aceleró el juego con criterio, Lamine apareció entre líneas y Lewandowski empujó el 1-1 que liberó al estadio. A partir de ahí, el partido se inclinó definitivamente.
Lamine Yamal asumió el liderazgo sin pedir permiso. Primero marcó con un disparo ajustado al segundo palo y luego participó en casi todo lo que rompía al bloque danés. El penalti convertido por Raphinha terminó de ordenar el marcador y darle calma al equipo, que ya jugaba con el resultado y con la clasificación en la cabeza.
El tramo final fue más festivo que tenso. Rashford, desde la falta directa, y el propio Lamine, con un gol de volea tan estético como simbólico, redondearon una victoria amplia que no borra los errores iniciales, pero sí confirma una capacidad clave: este Barça sabe reaccionar cuando el contexto aprieta.
Ganó, cumplió y se metió en el Top-8. No fue una noche perfecta, pero sí una de esas que explican por qué, incluso en partidos torcidos, este Barcelona sigue teniendo peso europeo.
