El venezolano que hizo del balón su forma de vida.
Nacido en Caracas, formado entre Venezuela, Estados Unidos y Taiwán, Adrián Espinal encontró en el fútbol una vocación que fue más allá de la cancha. Hoy, desde Pathway School en Miami, este entrenador venezolano forma a niños, trabaja en la parte humana del deporte y sueña con aportar a Venezuela desde atrás, mientras agradece a su esposa, a sus hijos y a la familia que lo ha sostenido en cada reinicio de su vida.
MGD: Adrián, para empezar, ¿quién eres hoy en el fútbol?
AE: Soy un apasionado del fútbol y de trabajar con niños. El fútbol ha sido mi vida, mi paz, mi motor. Todo lo que hago hoy está ligado a ese amor por el deporte y por la formación de nuevas generaciones.
MGD: ¿Cómo nació tu relación con el fútbol cuando eras niño?
AE: Desde niño estuve obsesionado con el fútbol. Mi mamá intentó meterme en béisbol porque mi hermano mayor jugaba, pero yo lo que hacía era patear la pelota de béisbol por todo el campo. Entonces me sacó de ahí y me metió en fútbol. Desde los cuatro años mi vida quedó ligada a este deporte.
MGD: ¿Qué significó el fútbol para ti desde pequeño?
AE:Significó todo. Era mi paz, mi obsesión y la manera en que me sentía feliz. Incluso hoy mi esposa me dice que no entiende cómo puedo pasar todo el día viendo fútbol, y yo le digo que no me canso. Es algo que no tiene reemplazo.

MGD: ¿Tuviste una formación futbolística en Venezuela?
AE: Sí. En Venezuela me formé en el colegio Claret y después pasé por clubes como Ital Chacao en las inferiores, la Sub 20, y luego por Cumbre de Curumo. En esa época el fútbol en Venezuela estaba muy ligado al colegio y luego uno iba subiendo a equipos más competitivos.
MGD: ¿En qué posición jugabas?
AE: Siempre fui medio para adelante. Jugaba como delantero, mediocampista izquierdo o centrocampista. Esas eran mis posiciones naturales.
MGD: ¿Cómo fue tu llegada al fútbol de Taiwán?
AE: Fue algo muy curioso. Yo ya me había retirado del fútbol en Venezuela y mi papá estaba viviendo en Taiwán por trabajo. Fui de visita y un amigo me invitó a un partido. Allí estaba el entrenador de un equipo de primera división que estaba peleando por el ascenso. Terminando el partido, me ofreció quedarme con ellos. Al principio no quería, pero me insistió para ir a ver cómo entrenaban, conocer al grupo y tomar una decisión. Terminé quedándome y jugué siete temporadas allá.

MGD: ¿Qué representó Taiwán en tu carrera y en tu vida?
AE: Representó muchísimo. Fue una etapa hermosa, distinta, muy enriquecedora. Taiwán es un país de gente muy respetuosa, muy limpio y con una cultura muy organizada. Allí aprendí mucho del fútbol y también de la vida.
MGD: ¿Cómo es el fútbol en Taiwán?
AE: Allá hay un fútbol interesante, con muchas influencias de distintas partes del mundo. Había jugadores africanos, centroamericanos, hondureños, nicaragüenses, salvadoreños, chilenos, argentinos, japoneses, chinos y también algunos europeos, como italianos y franceses. Era una mezcla muy buena y competitiva. Yo disfruté mucho esa etapa.

MGD: ¿En qué momento empezaste a pensar en ser entrenador?
AE: Siempre me gustó la parte táctica. Yo era el típico jugador que le preguntaba mucho a los entrenadores por qué hacían ciertas cosas y cómo veían el juego. Esa curiosidad fue creciendo. Además, me di cuenta de que no iba a jugar toda la vida, así que quería seguir conectado al deporte de la forma que fuera.
MGD: ¿Hubo un entrenador que te marcara especialmente?
AE: Sí, Jacinto Cejudo me marcó mucho. Él fue quien me introdujo en el Barcelona en Miami. Me enseñó muchísimo sobre fútbol y sobre la parte humana de esta profesión. Siempre le voy a agradecer esa oportunidad.
MGD: ¿Cómo se dio tu cambio de Taiwán a Estados Unidos?
AE: Resulta que mi esposa vino a Estados Unidos a tener a nuestro segundo hijo en plena época del COVID, y justo en ese momento Taiwán cerró. No nos dejaron entrar de nuevo con el bebé. Entonces tomamos la decisión de acercarnos a la familia y empezar otra etapa aquí en Estados Unidos.

MGD: ¿Entonces a empezar de cero en Miami?
AE: Una etapa difícil. Llegué con mi esposa y mis hijos sin trabajo y sin saber qué íbamos a hacer. Gracias a Dios tuve el gran apoyo de mis padres, Carlos Espinal y María Sosa. Fueron vitales durante ese proceso.
MGD: ¿En qué trabajaste?
Empecé trabajando de valet parking en un concesionario Audi en la noche, y en el día me iba a los entrenamientos del Barcelona para seguir aprendiendo. Me quedaba después de las sesiones, observando a entrenadores como Pablo Armengod, Eudald Mena, Marc Montero y Gerard Vilanova. Yo quería absorber todo lo posible.
MGD: ¿Qué significó para ti la etapa en el Barcelona en Miami?
AE:Una etapa muy importante. Estuve allí tres años y crecí muchísimo. Aprendí, entrené equipos competitivos y también tuve la oportunidad de trabajar con el hijo de Blaise Matuidi, algo que me dejó una experiencia muy bonita. Fue una etapa de mucho aprendizaje y evolución profesional.

MGD: ¿Y luego llegaste a One FC?
AE: Sí. Blaise Matuidi, junto con otros socios, abrió One FC y me escribió para invitarme. Yo sentía que había llegado el momento de cambiar de club y aprender de nuevos retos. Además, trabajar con personas como ellos fue muy enriquecedor.
MGD: ¿Qué valoras de esa experiencia con exjugadores de élite?
AE: Que son gente muy buena y muy abierta a ayudar. Uno aprende mucho de su visión del fútbol y de su manera de gestionar un proyecto. A mí me gusta rodearme de personas que sumen y que tengan una gran comprensión del juego.
